
Érase una vez el hijo de un rey, a quien entraron deseos de correr mundo, y se partió sin más compañía que la de un fiel criado. Llegó un día a un extenso bosque, y al anochecer, no encontrando ningún albergue, no sabía dónde pasar la noche. Vio entonces a una muchacha que se dirigía a una casita, y, al acercarse, se dio cuenta de que era joven y hermosa. Dirigióse a ella y le dijo:
- Mi buena niña, ¿no nos acogerías por una noche en la casita, a mí y al criado?
- De buen grado lo haría -respondió la muchacha con voz triste-; pero no os lo aconsejo. Mejor es que os busquéis otro alojamiento.
- ¿Por qué? -preguntó el príncipe.
- Mi madrastra tiene malas tretas y odia a los forasteros contestó la niña suspirando.
Bien se dio cuenta el príncipe de que aquella era la casa de una bruja; pero como no era posible seguir andando en la noche cerrada, y, por otra parte, no era miedoso, entró. La vieja, que estaba sentada en un sillón junto al fuego, miró a los viajeros con sus ojos rojizos:
- ¡Buenas noches! -dijo con voz gangosa, que quería ser amable-. Sentaos a descansar-. Y sopló los carbones, en los que se cocía algo en un puchero.
La hija advirtió a los dos hombres que no comiesen ni bebiesen nada, pues la vieja estaba confeccionando brebajes nocivos. Ellos durmieron apaciblemente hasta la madrugada, y cuando se dispusieron a reemprender la ruta, estando ya el príncipe montado en su caballo, dijo la vieja:
- Aguarda un momento, que tomarás un trago, como despedida.
Mientras entraba a buscar la bebida, el príncipe se alejó a toda prisa, y cuando volvió a salir la bruja con la bebida, sólo halló al criado, que se había entretenido arreglando la silla.
- ¡Lleva esto a tu señor! -le dijo. Pero en el mismo momento se rompió la vasija, y el veneno salpicó al caballo; tan virulento era, que el animal se desplomó muerto, como herido por un rayo. El criado echó a correr para dar cuenta a su amo de lo sucedido, pero, no queriendo perder la silla, volvió a buscarla. Al llegar junto al cadáver del caballo, encontró que un cuervo lo estaba devorando.
«¿Quién sabe si cazaré hoy algo mejor?», se dijo el criado; mató, pues, el cuervo y se lo metió en el zurrón.
Durante toda la jornada estuvieron errando por el bosque, sin encontrar la salida. Al anochecer dieron con una hospedería y entraron en ella. El criado dio el cuervo al posadero, a fin de que se lo guisara para cenar. Pero resultó que había ido a parar a una guarida de ladrones, y ya entrada la noche presentáronse doce bandidos, que concibieron el propósito de asesinar y robar a los forasteros. Sin embargo, antes de llevarlo a la práctica se sentaron a la mesa, junto con el posadero y la bruja, y se comieron una sopa hecha con la carne del cuervo. Pero apenas hubieron tomado un par de cucharadas, cayeron todos muertos, pues el cuervo estaba contaminado con el veneno del caballo.
Ya no quedó en la casa sino la hija del posadero, que era una buena muchacha, inocente por completo de los crímenes de aquellos hombres. Abrió a los forasteros todas las puertas y les mostró los tesoros acumulados. Pero el príncipe le dijo que podía quedarse con todo, pues él nada quería de aquello, y siguió su camino con su criado.
Después de vagar mucho tiempo sin rumbo fijo, llegaron a una ciudad donde residía una orgullosa princesa, hija del Rey, que había mandado pregonar su decisión de casarse con el hombre que fuera capaz de plantearle un acertijo que ella no supiera descifrar, con la condición de que, si lo adivinaba, el pretendiente sería decapitado. Tenía tres días de tiempo para resolverlo; pero eran tan inteligente, que siempre lo había resuelto antes de aquel plazo. Eran ya nueve los pretendientes que habían sucumbido de aquel modo, cuando llegó el príncipe y, deslumbrado por su belleza, quiso poner en juego su vida. Se presentó a la doncella y le planteó su enigma:
- ¿Qué es -le dijo- una cosa que no mató a ninguno y, sin embargo, mató a doce?
En vano la princesa daba mil y mil vueltas a la cabeza, no acertaba a resolver el acertijo. Consultó su libro de enigmas, pero no encontró nada; había terminado sus recursos. No sabiendo ya qué hacer, mandó a su doncella que se introdujese de escondidas en el dormitorio del príncipe y se pusiera al acecho, pensando que tal vez hablaría en sueños y revelaría la respuesta del enigma. Pero el criado, que era muy listo, se metió en la cama en vez de su señor, y cuando se acercó la doncella, arrebatándole de un tirón el manto en que venía envuelta, la echó del aposento a palos. A la segunda noche, la princesa envió a su camarera a ver si tenía mejor suerte. Pero el criado le quitó también el manto y la echó a palos.
Creyó entonces el príncipe que la tercera noche estaría seguro, y se acostó en el lecho. Pero fue la propia princesa la que acudió, envuelta en una capa de color gris, y se sentó a su lado. Cuando creyó que dormía y soñaba, púsose a hablarle en voz queda, con la esperanza de que respondería en sueños, como muchos hacen. Pero él estaba despierto y lo oía todo perfectamente.
Preguntó ella:
- Uno mató a ninguno, ¿qué es esto?
Respondió él:
- Un cuervo que comió de un caballo envenenado y murió a su vez.
Siguió ella preguntando:
- Y mató, sin embargo, a doce, ¿qué es esto?
- Son doce bandidos, que se comieron el cuervo y murieron envenenados.
Sabiendo ya lo que quería, la princesa trató de escabullirse, pero el príncipe la sujetó por la capa, que ella hubo de abandonar. A la mañana, la hija del Rey anunció que había descifrado el enigma y, mandando venir a los doce jueces, dio la solución ante ellos. Pero el joven solicitó ser escuchado y dijo:
- Durante la noche, la princesa se deslizó hasta mi lecho y me lo preguntó; sin esto, nunca habría acertado.
Dijeron los jueces:
- Danos una prueba.
Entonces el criado entró con los tres mantos, y cuando los jueces vieron el gris que solía llevar la princesa, fallaron la sentencia siguiente:
- Que este manto se borde en oro y plata; será el de vuestra boda.
martes, 17 de mayo de 2011
El acertijo
El acertijoEl hada muerdago
El hada muerdago
El hada Muérdago es pequeña, muy pequeña. Viste de verde y rojo y, cuando se siente especialmente entusiasmada o nerviosa, agita sin parar sus hermosas y centelleantes alas de color dorado.
El hada Muérdago es graciosa, muy graciosa y también divertida, alegre y bulliciosa pero, sobre todo, es una de las hadas más responsables y sensatas de todo el bosque mágico lo cual motivó -hace ya muchos, muchos años- que el Consejo Supremo de las Hadas decidiera nombrarla Guardiana de la Magia de la Navidad. Una gran elección, sin duda. Ni un sólo año, desde que ella se hizo cargo del asunto, ha faltado la Navidad en nuestro mundo.
Bueno, hubo cierta vez en que casi, casi nos quedamos sin ella. Pero sólo casi.
Cada año, la pequeña Muérdago, días antes de emprender el vuelo para esparcir la magia por todo el mundo, inspeccionaba el cofre donde la guardaba -bajo siete llaves y siete candados- para asegurarse de que todo estuviera en perfectas condiciones, le quitaba un poco el polvo, le daba brillo y la dejaba lista para el gran día. Pero ese triste año, Muérdago se llevó una gran -y desagradable- sorpresa: la preciosa cajita había desaparecido. Puf. No estaba en su sitio. Puf. Se había esfumado. Puf. Se había evaporado.
Muérdago primero se sorprendió. Después se enfadó. Luego se asustó. Por último se inquietó, agitó sus alas con nerviosismo y se mordió las uñas mientras pensaba en dónde podía estar el arca.
Recorrió su casa-abeto de arriba abajo, de abajo arriba, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. Nada.
Miró bajo la cama, las sillas, las mesas, la cocina, las alfombras y hasta bajo los jarrones. Nada.
Miró en las macetas, las ollas, los armarios, entre las sábanas e, incluso, en la bañera. Nada.
Buscó en las copas más altas de los árboles más altos. Nada.
Buscó entre las hojas al pie de cada árbol. Nada.
Husmeó en guaridas, madrigueras y cubiles. Nada.
Recorrió el bosque mágico de norte a sur y de este a oeste. Escudriñó cada rincón y bajo cada planta y animal. Nada.
La pobre Muérdago se sentía cada vez más triste y desesperada. Si no encontraba pronto la caja no habría magia, no habría luces de colores, no habría canciones, no habría brillantes adornos, no habría árboles decorados, no habría reuniones familiares, ni regalos, ni niños sonrientes…
El hada lloraba con enorme desconsuelo. Era la primera vez que fallaba en su importante misión. ¿Cómo iba a explicarlo ante el Consejo Supremo? ¿Y qué iba a ser de los niños? ¿Cómo iba a mirar a la cara a los habitantes del bosque? ¿Qué sería de los niños? ¿Quién se habría llevado la cajita? ¿Y qué iba a ser de los niños? (Como se puede comprobar a Muérdago le preocupaban mucho los niños…).
No había tiempo de ponerse a investigar. La Navidad estaba a la vuelta de la esquina, tenía que encontrar una solución pronto. Y, mientras le daba vueltas al asunto y pensaba en las caras llenas de ilusión de los niños, a Muérdago se le ocurrió una idea. En un instante tuvo claro lo que debía hacer.
¿Cómo no se le había ocurrido antes? La respuesta estaba en los niños. Por supuesto.
Daba igual que no encontrara la cajita. La magia que guardaba en ella no era la importante, la verdadera magia, la que contaba, era la que guardaban los niños durante todo el año en sus corazones.
Ellos eran los auténticos cofres mágicos.
Muérdago saltó, bailó y cantó llena de alegría. Agitó sus doradas alas y, alzando el vuelo, puso rumbo a nuestro mundo, para recoger la magia infantil y luego repartirla por todos los corazones adultos del mundo.
De sus sonrisas tomó la luz, de sus voces la música, de sus ojos el brillo mágico, de sus abrazos el calor, de sus sueños la ilusión, de su corazón el amor. Fue de aquí para allá, recolectando un poco de cada niño y, cuando hubo reunido una considerable cantidad de magia volvió a sobrevolar el mundo dejándola caer sobre pueblos y ciudades, sobre cada casa y cada edificio. Y, a su paso, todo cobraba color y calor.
A partir de entonces, Muérdago, dejó de guardar la magia navideña en una cajita escondida en su casa-abeto en lo profundo del bosque mágico. No lo necesitaba. Tenía una fuente inagotable de magia en los cálidos corazones de los niños.
Ah, nadie supo jamás quién o qué hizo desaparecer la caja mágica aunque cuentan de cierto viejo y gruñón dragón al que, aquel año, se le vio sonreír más de lo habitual y llevar unos curiosos y brillantes adornos en sus alas pero, bueno, eso es otra historia bien diferente.
Igual la cuento otro día…
sábado, 19 de febrero de 2011
La zorra y las uvas
La zorra y las uvas
Había una vez una zorra que llevaba casi una semana sin comer, había tenido muy mala suerte, le robaban las presas y el gallinero que encontró tenía un perro guardián muy atento y un amo rápido en acudir con la escopeta.
Ciertamente estaba muertecita de hambre cuando encontró unas parras silvestres de las que colgaban unos suculentos racimos de doradas uvas, debajo de la parra había unas piedras, como protegiéndolas.—Al fin va a cambiar mi suerte, —pensó relamiéndose—, parecen muy dulces. Se puso a brincar, intentando alcanzarlos, pero se sentía muy débil, sus saltos se quedaban cortos los racimos estaban muy altos y no llegaba. Así que se dijo: —Para que perder el tiempo y esforzarme, no las quiero, no están maduras.
Pero resulta que si la zorra hubiese trepado por las piedras parándose en dos patas hubiese alcanzado los racimos, esta vez le faltó algo de astucia a doña zorra, parece ser que el hambre no la deja pensar.
MORALEJA:
Hay que esforzarse para conseguir lo que se desea pero pensando primero que es lo que queremos y como conseguirlo, no sea que nos pongamos a dar brincos cuando lo que necesitamos es estirarnos, y perdamos el tiempo y el esfuerzo.
El avariento
El avariento
Cierto hombre avaro vendió cuanto poseía y convirtió su precio en oro, el cual enterró en un lugar oculto; y teniendo todo su ánimo y su pensamiento puesto puesto en el tesoro, iba diariamente a visitarlo, lo que observado por otro hombre fue a aquel sitio, desenterró el oro y se lo llevó.
Cuando el avaro vino según costumbre a visitar su tesoro, vio desenvuelta la tierra, y que lo habían robado, se puso a llorar y a arrancarse los cabellos. Uno que pasaba viendo los extremos que hacía aquel hombre, se llegó a él, y después de informarse de la causa de su dolor, le dijo: ¿Por qué te entristeces tanto por haber perdido un oro que tenías como si no lo poseyeras? Toma una piedra y entierrala, figurándote que es oro, una vez que tanto te servirá ella como te servía ese oro que nunca hacías uso.
viernes, 18 de febrero de 2011
Enna la vaquita feliz (Mapy)
Enna la vaquita feliz (Mapy)Era un hermoso día de primavera, el valle amaneció de un verde intenso con los pastos más frescos de toda la región, Enna hacía rato que se había levantado y correteaba por ellos cantando y de vez en cuando dándoles enormes bocados.
Nuestra amiga era una vaquita muy simpática y cariñosa con unos enormes ojazos castaños y el corazón igual de grande, siempre estaba alegre y siempre tenía una palabra amable para quien la necesitase, todos los animalitos del valle le tenían mucho cariño especialmente los de la granja donde ella vivía.
Petunia la conejita y Blanca la patita eran sus dos grandes amigas, estas eran muy coquetas y tenían unos cuerpecitos muy delgados y toda la ropa les quedaba muy bien. Siempre estaban las tres juntas, pero a diferencia de ellas Enna era algo rollicita y vestía con ropas muy holgadas.
Los animalitos de la granja se reunían todas las tardes para que Enna les contara historias, ya que las contaba muy bien y conocía muchísimas, les cantara pues tenía una preciosa voz o solamente por el placer de su compañía.
Enna era muy feliz y contagiaba de su felicidad a todo el que estuviera cerca de ella.
Pero cuando Enna llegaba a casa no todo era alegría, ella nunca se lo había confesado a nadie, sin embargo al mirarse al espejo cómo hubiera deseado tener los cuerpecitos de sus amigas y que la ropa le quedara tan bien como a ellas, esto la ponía algo triste pero nunca quiso que nadie se preocupara y se lo guardaba para ella.
A mediados de mes pasó por la granja un semental imponente, era un caballo que iba a correr una importantísima carrera y todos los días galopaba varias horas con sus crines al viento dejando admiradas a todas las animalitas del valle.
Enna se hizo muy amiga de él y como sólo iba a estar unos días con ellos se atrevió a contarle su secreto, Iván que así se llamaba el caballo, le confesó una cosa.
- Enna como me caes muy bien te contaré un secreto que debe quedar entre tú y yo.
- Te lo prometo Iván – le dijo Enna - .
- Bien, más allá del valle escondido en un profundo barranco existe una planta llamada cornilo, no te podrás confundir pues es de un intensísimo color naranja, tienes que comer cien de ellas al día, durante tres días después caerás en un profundo sueño del que despertarás al cabo de una semana y tus problemas habrán terminado.
Enna se puso muy contenta al oír aquello y se preparó para emprender el viaje diciendo a sus amigos que tenía a una tía enferma y se iba por un tiempo, todos se pusieron tristes por su marcha pero le desearon que fuera todo bien y que volviera pronto.
Al día siguiente Enna partió, el viaje fue duro pero por cada pueblecito o granja que pasaba los animales al tratarla enseguida le cogían cariño y la colmaban de atenciones.
Detrás suya fue dejando a animalitos que le cogieron gran afecto.
Por fin llegó el día, desde lo alto del barranco pudo ver un manto de un naranja como el fuego al fondo, el conjunto resaltaba con preciosos destellos, Enna se quedó unos segundos hipnotizada por la belleza.
Cuando se repuso bajó con mucho cuidado, pues era bastante profundo y de difícil acceso, llegó tras varios minutos y arrancó la primera cornilo, parecía una alcachofa pero del centro brotaban tres pequeñitas florecillas blancas, se la comió con algo de recelo pero para su sorpresa estaba gustosa así siguió y siguió hasta comerse bastantes, descansaría un tiempo y volvería a empezar hasta completar las cien del día.
Así estuvo los dos días siguientes y al terminar la última planta, cayó en un profundísimo sueño.
Despertó una semana después con una sed inmensa caminó un poco y oyó el sonido del agua al correr, al doblar un recodo allí se encontraba un río de aguas cristalinas se acercó rápidamente a beber y cuando lo hubo hecho se fijó en el reflejo que le devolvía el agua, ¡ qué sorpresa! la vaquita que le devolvía la mirada estaba muy delgada y era muy bonita, dio saltos de alegría, mirándose una y otra vez, lo había conseguido.
Reemprendió el camino de vuelta pensando en la ropa nueva que se compraría, pasando otra vez por las mismas granjas por las que pasara antes.
Pero al irse los animalitos no se quedaron tan apenados como antes Enna había perdido algo más que los kilitos que le sobraban.
Por el último pueblecito que pasó antes de llegar a su querida granja compró vestidos muy bonitos que le quedaban de maravilla.
Así muy guapa y tiposa llegó a su hogar, los animalitos al verla se quedaron sorprendidos , ¡ qué guapa estás! le decían; sus amiguitas corrieron a su encuentro contentísimas de verla tan bien y se abrazaron muy felices.
Varias semanas después la granja ya no era la misma, no se respiraba alegría y felicidad por todos lados, los animalitos estaban distraídos y tristes. Enna siempre estaba muy cansada, no tenía ganas ni de cantar ni de contar historias, su semblante siempre estaba serio y se encerraba en casa días enteros sólo para dormir.
La situación ya no se podía aguantar más y Rocky el ratoncito, que tenía fama de decir todo sin tapujos, tomó las riendas y se acercó a casa de nuestra vaquita; tocó varias veces la puerta hasta que Enna abrió y habló claramente con ella.
- Enna te voy a ser sincero – le dijo – ahora estarás muy delgada y quizás incluso tú te encuentres más guapa. Pero para nosotros y especialmente para mí no había otra Enna más bella que la que nos dejó hace varias semanas y todos queremos que ella vuelva, la necesitamos.
Rocky se fue y Enna se quedó un buen rato pensativa.
Pasaron dos semanas, después de la charla de Rocky con Enna y nadie la había vuelto a ver más. Cuando de pronto del valle llegó un sonido muy querido y familiar, Enna la Enna de siempre la que todos querían y echaban tanto de menos se acercaba por el camino con su túnica al viento su hermosa voz resonando en el aire y su inmensa alegría colándose por cada rincón.
Los animalitos corrieron a su encuentro y desde ese día volvió la felicidad a inundar la granja.
Tres días más tarde se unió un nuevo miembro al lugar, Feder un apuesto toro que venía de un lejano valle; todas las vaquitas de la granja nada más verlo estuvieron loquitas por él y le colmaban de atenciones, pero Feder sólo tenía ojos para una.
Nada más llegar le había atraído como un imán aquella vaquita que sin hacer otra cosa que ser ella misma lograba que te sintieras bien contigo mismo y con todo lo que te rodeaba.
Y así sin poderlo ocultar por más tiempo se lo confesó a Enna, le pidió que fuera su compañera para siempre; al principio Enna pensó que era una broma, él tan guapo y agradable se lo pedía a ella, una vaquita corriente cuando todas las demás mucho más atractivas, delgadas y guapas estaban coladas por él.
- ¿Porqué yo?, no lo entiendo si tienes a Marga, Felisa, Roberta y a Coral coladitas por ti –le dijo-
Pero Feder le hizo ver la realidad:
- Para mí no existe vaquita más hermosa que tú Enna – le respondió – sólo tú eres capaz de iluminar hasta el día más triste a tu paso.
Y Enna comprendió, comprendió que no importa tener algunos kilos de más que no importa ser un ser común y corriente, que si te muestras como eres siempre habrá alguien que te quiera y aprecie, porque al fin y al cabo así eres tú, irrepetible, y eso queridos míos es más que suficiente.
Si la granja era un rinconcito ideal para vivir, después de la unión de Enna y Feder fue el lugar más maravilloso que jamás nadie pudiese recordar.
Pedrito y el lobo
Pedrito y el lobo
Érase una vez un pequeño pastor que se pasaba la mayor parte de su tiempo paseando y cuidando de sus ovejas en el campo de un pueblito. Todas las mañanas, muy tempranito, hacía siempre lo mismo. Salía a la pradera con su rebaño, y así pasaba su tiempo. Muchas veces, mientras veía pastar a sus ovejas, él pensaba en las cosas que podía hacer para divertirse.
Como muchas veces se aburría, un día, mientras descansaba debajo de un árbol, tuvo una idea. Decidió que pasaría un buen rato divirtiéndose a costa de la gente del pueblo que vivía por allí cerca. Se acercó y empezó a gritar:
- ¡Socorro, el lobo! ¡Qué viene el lobo!
La gente del pueblo cogió lo que tenía a mano, y se fue a auxiliar al pobre pastorcito que pedía auxilio, pero cuando llegaron allí, descubrieron que todo había sido una broma pesada del pastor, que se deshacía en risas por el suelo. Los aldeanos se enfadaron y decidieron volver a sus casas.
Cuando se habían ido, al pastor le hizo tanta gracia la broma que se puso a repetirla. Y cuando vio a la gente suficientemente lejos, volvió a gritar:
- ¡Socorro, el lobo! ¡Que viene el lobo!
La gente, volviendo a oír, empezó a correr a toda prisa, pensando que esta vez sí que se había presentado el lobo feroz, y que realmente el pastor necesitaba de su ayuda. Pero al llegar donde estaba el pastor, se lo encontraron por los suelos, riéndose de ver cómo los aldeanos habían vuelto a auxiliarlo. Esta vez los aldeanos se enfadaron aún más, y se marcharon terriblemente enfadados con la mala actitud del pastor, y se fueron enojados con aquella situación.
A la mañana siguiente, mientras el pastor pastaba con sus ovejas por el mismo lugar, aún se reía cuando recordaba lo que había ocurrido el día anterior, y no se sentía arrepentido de ninguna forma. Pero no se dio cuenta de que, esa misma mañana se le acercaba un lobo. Cuando se dio media vuelta y lo vio, el miedo le invadió el cuerpo. Al ver que el animal se le acercaba más y más, empezó a gritar desesperadamente:
- ¡Socorro, el lobo! ¡Que viene el lobo! ¡Qué se va a devorar todas mis ovejas! ¡Auxilio!
Pero sus gritos han sido en vano. Ya era bastante tarde para convencer a los aldeanos de que lo que decía era verdad. Los aldeanos, habiendo aprendido de las mentiras del pastor, de esta vez hicieron oídos sordos.
¿Y lo qué ocurrió? Pues que el pastor vio como el lobo se abalanzaba sobre sus ovejas, mientras él intentaba pedir auxilio, una y otra vez:
- ¡Socorro, el lobo! ¡El lobo!
Pero los aldeanos siguieron sin hacerle caso, mientras el pastor vio como el lobo se comía unas cuantas ovejas y se llevaba otras tantas para la cena, sin poder hacer nada, absolutamente. Y fue así que el pastor reconoció que había sido muy injusto con la gente del pueblo, y aunque ya era tarde, se arrepintió profundamente, y nunca más volvió burlarse ni a mentir a la gente.
Raton de campo , raton de ciudad
Raton de campo, raton de ciudad
Érase una vez un ratón que vivía en una humilde madriguera en el campo. Allí, no le hacía falta nada. Tenía una cama de hojas, un cómodo sillón, y flores por todos los lados. Cuando sentía hambre, el ratón buscaba frutas silvestres, frutos secos y setas, para comer. Además, el ratón tenía una salud de hierro. Por las mañanas, paseaba y corría entre los árboles, y por las tardes, se tumbaba a la sombra de algún árbol, para descansar, o simplemente respirar aire puro. Llevaba una vida muy tranquila y feliz.
Un día, su primo ratón que vivía en la ciudad, vino a visitarle. El ratón de campo le invitó a comer sopa de hierbas. Pero al ratón de la ciudad, acostumbrado a comer comidas más refinadas, no le gustó. Y además, no se habituó a la vida de campo. Decía que la vida en el campo era demasiado aburrida y que la vida en la ciudad era más emocionante. Acabó invitando a su primo a viajar con él a la ciudad para comprobar que allí se vive mejor. El ratón de campo no tenía muchas ganas de ir, pero acabó cediendo ante la insistencia del otro ratón.
Nada más llegar a la ciudad, el ratón de campo pudo sentir que su tranquilidad se acababa. El ajetreo de la gran ciudad le asustaba. Había peligros por todas partes. Había ruidos de coches, humos, mucho polvo, y un ir y venir intenso de las personas. La madriguera de su primo era muy distinta de la suya, y estaba en el sótano de un gran hotel. Era muy elegante: había camas con colchones de lana, sillones, finas alfombras, y las paredes eran revestidas. Los armarios rebosaban de quesos, y otras cosas ricas. En el techo colgaba un oloroso jamón. Cuando los dos ratones se disponían a darse un buen banquete, vieron a un gato que se asomaba husmeando a la puerta de la madriguera. Los ratones huyeron disparados por un agujerillo.
Mientras huía, el ratón de campo pensaba en el campo cuando, de repente, oyó gritos de una mujer que, con una escoba en la mano, intentaba darle en la cabeza con el palo, para matarle. El ratón, más que asustado y hambriento, volvió a la madriguera, dijo adiós a su primo y decidió volver al campo lo antes que pudo. Los dos se abrazaron y el ratón de campo emprendió el camino de vuelta. Desde lejos el aroma de queso recién hecho, hizo que se le saltaran las lágrimas, pero eran lágrimas de alegría porque poco faltaba para llegar a su casita. De vuelta a su casa el ratón de campo pensó que jamás cambiaría su paz por un montón de cosas materiales


