domingo, 4 de abril de 2010

El regalo del sol para iris


Cuento  escrito por Yanett
(http://lienzosyletras.blogspot.com/)
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Iris vivía en una gran montaña, todas las tardes recogía flores entre los verdes campos.
Ella veía como el sol resplandecía sobre su montaña,
el acariciaba los cabellos dorados de Iris
y siempre jugaban juntos,
ella le regalaba las mas bonitas flores que había cortado,
entre ellas las favoritas de aquel sol,
los girasoles, la niña sabia que al sol le agradaban.
El estaba muy agradecido; una tarde Iris salio a correr por los campos
y a recoger las flores para juguetear con el sol como todas aquellas esas tardes.
Parecía que Iris nunca cambiaba, pasaban los años
y ella seguía jugando con el sol.
Sus rayos no la quemaban;
era absurdo pensar que un día los dos dejaran de jugar.
Una tarde la sorpresa fue para Iris,
el sol no apareció como de costumbre, la tarde estaba nublada,
y las nubes oscuras tapaban el amarillo sol,
ella salio a recoger sus flores y estaba feliz,
cuando no vio al sol su cara se puso triste,
y pensó que el ya no quería jugar.
No sabía que esas nubes grises tapaban a su amigo que estaba detrás,
esperándola como siempre;
ella tiro las flores de colores y quito los pétalos de los girasoles
y los esparció por todos lados.
Cuando ella volvió a su casita comenzó a llover fuertemente y al día siguiente,
donde ella tiro los pétalos, ya habían nacido nuevos girasoles.
Pero ella no lo vio por que había decidido darle un castigo a su amigo sol,
por lo que le había hecho, pero el sol la esperaba para explicarle todo.
Ella nunca llego ese día.
Al día siguiente, en el cumpleaños de la niña
el sol estaba desesperado, no sabia que regalarle!.
La pequeña ya había olvidado el incidente de aquel día
y perdonado al sol, entonces salio a recoger las flores a cantar por los campos
y a buscar a su amigo, el sol ya la esperaba
y había pactado algo con las nubes que lo habían hecho quedar mal,
para regalarle algo a Iris. ¡Se han encontrado los dos amigos
y han comenzado a juguetear,!
y comienzan a escucharse susurros, son gotas de agua.
Pero Iris y el sol continúan jugando;
el felicita a Iris y le hace un regalo, es un arco muy bonito,
y le dice este arco es para ti Iris,
y es de 7 colores es gigantesco y rodea a la montaña.
El arco de Iris es el mas hermoso de todos los colores,
Iris le ha nombrado Arco iris,
el regalo de su amigo sol.
-

El gatito Leonardo



Leonardo era un gato grande, de color miel
y con rayas marrones que le cubrían todo el cuerpo.
Vivía en casa de María, que tenía 5 años,
junto a su hermanito Pablo y sus papás.
Leonardo tenía una pequeña casita en el jardín,
allí tenía una mantita con la que se protegía cuando se iba a dormir.
A Leonardo, lo que más le gustaba hacer era comer galletas.
Todos en casa de María se divertían mucho con Leonardo
pues era un gato mimoso y simpático
que les recibía en la puerta de casa con un maullido de bienvenida.
María jugaba con él cuando volvía de la escuela,
le tiraba una pelota pequeña y el gatito iba tras ella dándole con la patita.
Tengo que decirte que Leonardo era algo perezoso
y, tras un ratito de juego, bostezaba y se ponía a dormir.
A los gatos les encanta dormir, horas y horas,
casi les gusta más que comer!
Llegó el invierno, los días de lluvía y frío eran continuos.
María se resfrío y tenía fiebre por lo que no podía ir al colegio.
El médico la visitó en casa, les dijo a sus papás que la cuidaran mucho
y al cabo de una semana ya estaría curada para volver a la escuela.
Pablo se acercaba a la cama de María y le traía cuentos y galletas.
Muy despacito, Leonardo se acercaba también a la cama
y de un saltito se subía a ella para ponerse al lado de María.
Entonces maullaba y maullaba hasta que María le acariciaba la cabecita
y, sorpresa, sorpresa, le daba una galleta.
Pasaron los días y María regresó a la escuela.
Mientras tanto, Leonardo jugaba con Pablo que todavía no iba al colegio.
Pasaron los años y María creció, también
Leonardo se hizo mayor hasta que un día se puso malito.
Fue entonces cuando María y Pablo tuvieron que cuidar de él con mucho cariño,
le prepararon una camita y le dieron cada día
las vitaminas que necesitaba para mejorar.
Los dos hermanos dieron muchos mimitos a Leonardo
y también algunas galletas que el gatito recibía con un maullido de felicidad.
En poco tiempo Leonardo mejoró
y volvió a ser el mismo gato simpático de siempre,
jugando mucho, durmiendo y, como no, comiendo galletas.

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El duendecillo Tilin


En un pequeño pais viía un duendecillo, como era muy pequeñín,
todos llamaron Tilín.
Su gran ilusión era contemplar como crecían las flores de su jardín,
sus margaritas rosas y campanitas.
Un ogro muy envidioso quepasaba por allí,
quedo prendado de ellas y así dijo a Tilín:
¡Tilín!, quiero tus flores, dame todas, las quiero yo, para mi.
No puedo amigo ogro, no puedo dártelas a ti,
se morirían de pena y yo no podría vivir.
El ogro enfadado se marchó del jardín, pensando,...
¿Cómo podría coger las flores de Tilín?
Espero a llegar la noche,
Tilín dormía tranquilo en aquel bello jardín los luceros le velarían.
El ogro con gran cuidado, a las flores va,
cuando se oye en el cielo un dulce repicoteo,
son los luceros que tocan y dicen:¡Despierta TILIN!
Sobresaltado y nervioso abre los ojos Tilín,
al oír el dulce son se pregunta ¿que ocurre aquí?
El ogro no le contesta, no sabe que hacer allí,
baja la cabeza y le dice a Tilín:
Perdóname Tílín, solo quería tener algo hermoso cerca de mi.
Ven amigo ogro, ve y echate aquí, junto a mis flores
ya veras que bien te sientes, duerme y sueña feliz.
Aquella noche ideal, todos durmieron en paz.
Desde entonces el ogro a dormir,
va al jardín bello y oloroso de su amigo Tilín.
Duerme pequeño niño, este cuento es para ti
.

jueves, 1 de abril de 2010

Los juegos de la abuela



L
elis era una niña que siempre que tenía vacaciones le gustaba ir a casa de su abuelita Adela en un pueblo muy cerca de la ciudad donde ella vivía.

Su abuelita, a la que Lelis llamaba de cariño "Güely", era una persona muy creativa y cariñosa a la que le gustaba hacerle juguetes con cajas, botes, tapas y muchas cosas que guardaba.

Un día del mes de agosto, cuando faltaban algunos días para el cumpleaños de Lelis, ella se encontraba en casa de su abuelita sentada junto a la ventana desde donde veía el parque, pues llovía y no podía salir a jugar.

Lelis se encontraba triste mirando la lluvia y pensando en que pronto se acabarían sus vacaciones y su abuelita la tendría que llevar de regreso a casa, cuando de repente descubrió a lo lejos, que en la fuente del parque se encontraban sus amiguitas, dos ranitas verdes y brillantes muy juguetonas que disfrutaban de la lluvia brincando de piedra en rama. Estaban tan contentas que en el rostro de Lelis se dibujó una sonrisa por el gusto de verlas jugar.

De repente, notó que las ranitas se veían y volteaban hacia todos lados como buscando algo. Lo que pasaba es que, de detrás de una nube muy oscura comenzaba a asomarse el sol y a medida que sus rayos aparecían empezaron a escuchar un llanto que se hacía cada vez más fuerte. Las ranitas se asustaron, pues por esos lugares nunca se escuchaban lamentos, siempre todo era alegría.

Comenzaron a buscar a su alrededor, entre las flores, debajo de las piedras, le preguntaron a los grillos, pero no encontraron respuestas. Decidieron trepar a los árboles y fue desde ahí donde pudieron ver que el arco iris lloraba, se lamentaba y decía:

- Ah, ya se acabó la lluvia y aquí estoy, debería estar contento pues puedo ver a mi alrededor, pero sin embargo soy muy desdichado porque quisiera andar por el mundo y conocer todos sus rincones, pero solo puede salir un rato después de la lluvia y solo si el sol me acompaña. Uaua, uaua...

Entonces, las ranitas afligidas corrieron a buscar a Lelis que asombrada las veía por la ventana. Ellas sabían que siempre que salía el sol y dejaba de llover, Lelis podía salir a jugar.

Lelis acostumbraba jugar con las ranitas, le gustaba colocarlas en el tendedero de la casa de su abuelita, hacía vibrar los cables y las ranitas se deslizaban fascinadas por ellos. Ella tenía cuidado de que no fuera siempre la misma ranita la que llegaba primero porque una vez no tuvo cuidado y entonces las ranitas se enojaron tanto entre ellas porque siempre ganaba la misma, que duraron sin salir todo un día.

En esa ocasión, Lelis tuvo que pensar en algo para divertirse. Su abuelita, al darse cuenta, le hizo unas ranitas de papel que puso en el tendedero, y cuando las ranitas se dieron cuenta de que Lelis se estaba divirtiendo tanto con sus ranas de papel y ellas se encontraban tan aburridas por pelear, le pidieron volver a jugar con ella. Las ranitas no volvieron nunca a enojarse.

Bueno, era tanto lo que convivía con las ranitas que ellas estaban seguras de que Lelis podía ayudarlas, así que fueron a contarle lo que le pasaba al arco iris. Lelis sabía también que podía contar con su abuelita así que corrió a contarle lo que las ranitas le dijeron que le pasaba al arco iris.

Su abuelita, que era muy inteligente, les dijo:

- ¡Ah! Yo sé cómo hacer que el arco iris se ponga alegre.

- ¿Cómo? - preguntaron a coro Lelis y las ranitas.

Entonces, la abuelita descolgó su abrigo del ropero donde lo guardaba y sacando el gancho les dijo:

- Con este gancho vamos a hacer un aro.

Y tomando un listón, empezó a envolver el aro hasta que todo el metal quedó cubierto. Entonces, fue a traer una tina con agua y jabón.

Metía el aro en la tina y sacaba unas burbujas enormes y entonces todos vieron con gran sorpresa que el arco iris saludaba desde las burbujas muy contento, pues volaba, aparecía y desaparecía, se metía en los rincones y se paseaba por el aire en las burbujas de jabón con una gran sonrisa. Así, haciendo burbujas, a Lelis se le pasó el día...

Al finalizar el día, y sin darse cuenta, se encontraba ya en el carro de sus abuelos, camino de regreso a su casa, diciendo adiós a todos, a sus amigas las ranas, al tendedero y hasta a la tina de jabón que había guardado en su recuerdo... las vacaciones habían terminado.

Su abuelita, al verla tan triste, le entregó una charola de metal con el dibujo de un payaso que tenía dibujado en el cuello de su traje cinco estrellas en las que la abuelita había hecho un agujero. Entonces, le dijo:

- No estés triste y pon atención - y le dio cinco canicas: una roja, otra amarilla, otra blanca, otra azul y la última, verde.

- Cada día colocarás una canica en el agujero de cada estrella pero tienes que seguir las reglas del juego.

- ¿Cuáles son las reglas? - Preguntó Lelis curiosa.

La abuelita miró a su nieta con cariño y dijo:

- Son varias. ¿Estás lista para que te las diga?

- Si, contestó rápido.

- Debes poner atención para que no se te olviden y las recuerdes.

- Ya estoy lista.

- Debes tomar la charola de los lados y moverla para hacer que las canicas se acomoden en los agujeros pero, cuidado, está prohibido agarrar con las manos las canicas para colocarlas.

- Uy, Güely, está muy fácil.

- Todavía no termino. Hay una regla más. Debes colocar sólo una canica en su lugar cada día.

- ¿Y por qué una cada día?

- Porque cuando termines de colocarlas será tu cumpleaños y yo llegaré a tu casa con un gran pastel y un regalo sorpresa.

Lelis pasó el resto del viaje de regreso a su casa muy contenta, tratando de adivinar cuál sería la sorpresa y pensando que en su cumpleaños jugaría con su abuelita alguno de los juegos que sólo su "Güely" puede inventar.

Pinocho



E
n una vieja carpintería, Geppetto, un señor amable y simpático, terminaba más un día de trabajo dando los últimos retoques de pintura a un muñeco de madera que había construído este día. Al mirarlo, pensó: ¡qué bonito me ha quedado! Y como el muñeco había sido hecho de madera de pino, Geppetto decidió llamarlo Pinocho.

Aquella noche, Geppeto se fue a dormir deseando que su muñeco fuese un niño de verdad. Siempre había deseado tener un hijo. Y al encontrarse profundamente dormido, llegó un hada buena y viendo a Pinocho tan bonito, quiso premiar al buen carpintero, dando, con su varita mágica, vida al muñeco.

Al día siguiente, cuando se despertó, Geppetto no daba crédito a sus ojos. Pinocho se movía, caminaba, se reía y hablaba como un niño de verdad, para alegría del viejo carpintero. Feliz y muy satisfecho, Geppeto mandó a Pinocho a la escuela. Quería que fuese un niño muy listo y que aprendiera muchas cosas. Le acompañó su amigo Pepito Grillo, el consejero que le había dado el hada buena.

Pero, en el camino del colegio, Pinocho se hizo amigo de dos niños muy malos, siguiendo sus travesuras, e ignorando los consejos del grillito. En lugar de ir a la escuela, Pinocho decidió seguir a sus nuevos amigos, buscando aventuras no muy buenas. Al ver esta situación, el hada buena le puso un hechizo. Por no ir a la escuela, le puso dos orejas de burro, y por portarse mal, cada vez que decía una mentira, se le crecía la nariz poniéndose colorada. Pinocho acabó reconociendo que no estaba siendo bueno, y arrepentido decidió buscar a Geppetto. Supo entonces que Geppeto, al salir en su busca por el mar, había sido tragado por una enorme ballena.

Pinocho, con la ayuda del grillito, se fue a la mar para rescatar al pobre viejecito. Cuando Pinocho estuvo frente a la ballena le pidió que le devolviese a su papá, pero la ballena abrió muy grande su boca y se lo tragó también a él. Dentro de la tripa de la ballena, Geppetto y Pinocho se reencontraron. Y se pusieran a pensar cómo salir de allí. Y gracias a Pepito Grillo encontraron una salida. Hicieron una fogata. El fuego hizo estornudar a la enorme ballena, y la balsa salió volando con sus tres tripulantes. Todos se encontraban salvados.

sábado, 27 de marzo de 2010

El principe feliz (Oscar Wilde)


En la parte más alta de la ciudad, sobre una gran columna, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.

Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.

Por todo lo cual era muy admirada.

-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte- . Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico, cosa que, en realidad, no era.

-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.

-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.

-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.

-¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno nunca?

-¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.

Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.

Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad. Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.

Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.

-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.

Y el Junco le hizo un profundo saludo.

Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.

Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.

-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.

Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.

Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo. Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó a cansarse de su amante.

-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.

Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.

-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.

-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco. Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.

-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!

Y la Golondrina se fue.

Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.

-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.

Entonces divisó la estatua sobre la columna.

-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.

Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.

-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.

Y se dispuso a dormir.

Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.

-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.

Entonces cayó una nueva gota.

-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de chimenea.

Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota. La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!

Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.

Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad.

-¿Quién sois? -dijo.

-Soy el Príncipe Feliz.

-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina- . Me habéis empapado casi.

-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placeres la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

«¡Cómo! ¿No es de oro de ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.

-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa.

Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarla el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas

revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas, volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.

Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.

-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.

-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe.

Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad. Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.

Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile.

Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.

-¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!

-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial - respondió ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!

Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el ghetto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.

Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio.

La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.

-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor. Y cayó en un delicioso sueño.

Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.

-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.

Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía.

Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.

-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno!

Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local. Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!...

-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.

Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.

Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.

Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:

-¡Qué extranjera más distinguida!

Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.

-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?

-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.

-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.

-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?

-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.

-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso. Y se puso a llorar.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.

Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.

El joven tenía la cabeza hundida en sus manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.

-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.

Y parecía completamente feliz.

Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.

Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.

-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.

-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina. Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.

-He venido para deciros adiós -le dijo.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?

-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.

-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.

-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo.

-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.

Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.

-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña, y corrió a su casa muy alegre.

Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.

-Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.

-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.

-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.

Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que habla visto en países extraños. Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.

-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.

Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.

Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras. Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.

- ¡Qué hambre tenemos! -decían.

-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.

Y se alejaron bajo la lluvia.

Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.

-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.

Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.

Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.

-¡Ya tenemos pan! -gritaban.

Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo.

Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían. Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.

La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.

Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.

Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.

-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la mano.

-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.

-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad? Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.

En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.

El hecho es que su corazón de plomo se había partido en dos. Realmente hacia un frío terrible.

A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad.

Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.

-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!

-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.

Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.

-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado - dijo el alcalde- En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.

-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales.

-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.

Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea. Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.

-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.

Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal.

-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.

-O la mía -dijo cada uno de los concejales.

Y acabaron disputando.

-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como deshecho.

Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta.

-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.

Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.

-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.

El buho Gafitas


El Búho gafitas



Asomaba la cabecita, desde su casita en el tronco del árbol., un búho con una carita muy divertida.

Trabajaba durante la noche dando las horas como si fuera un reloj para que los animalitos del bosque supieran que hora era en cada momento.

Su gran ilusión era salir de su casa durante el día, pero sus ojitos no veían bien y tenía que conformarse con salir de noche y abrir sus grandes ojazos que brillaban en la oscuridad.

Siempre me dicen que soy afortunado por tener esos ojos tan grandotes, decía: el búho.

Pero no saben, añadía , que aunque son tan llamativos, no veo las cosas tan claras y lindas como la gente las ve.

Salía durante la mañana pero a pocos metros se caía, y siempre decía:

¡Otro tropezón, otro tropezón, pero no me importa , sólo quiero ver el sol!.

Muy preocupado llamó a su amiga la ardilla Felisa, que vivía en un árbol cerca del suyo.

¡Felisa, Felisa, ven un momentito por favor!.

¡Tengo un problema y como tu tienes fama de lista, tal vez puedas echarme una mano!.

¿Qué te ocurre búho?, preguntó la ardilla Felisa.

Tengo que salir de día, quiero ver los animalitos que juegan durante la mañana y ver el lindo color del cielo cuando se pone el sol.

Quiero ver corretear a los conejos, y pegar brincos a los saltamontes y también como dan saltitos los pequeños pajarillos de mi árbol.

¡Tengo la solución, dijo la ardilla!-

¡Iremos al conejo oculista y te pondrá unas gafas especiales para ver durante el día!.

El búho estaba muy guapo con sus nuevas gafas, y así se cumplió su sueño, paseaba y paseaba y tanto salía durante el día, que al llegar la noche se quedaba dormido y sus amigos le decían:

¡Búho, no te duermas, que tienes que dar las horas!.

Después de muchos días se dio cuenta de que debía utilizar su tiempo mejor y decidió dormir algunas horas durante el día, así cumplía su deseo y por las noches no se dormía durante su trabajo.