jueves, 14 de enero de 2010

El caracol y la rosa


Había una vez...

... Una amplia llanura donde pastaban las ovejas y las vacas. Y del otro lado de la extensa pradera, se hallaba el hermoso jardín rodeado de avellanos.

El centro del jardín era dominado por un rosal totalmente cubierto de flores durante todo el año. Y allí, en ese aromático mundo de color, vivía un caracol, con todo lo que representaba su mundo, a cuestas, pues sobre sus espaldas llevaba su casa y sus pertenencias.

Y se hablaba a sí mismo sobre su momento de ser útil en la vida: – ¡Paciencia! –decía el caracol–. Ya llegará mi hora. Haré mucho más que dar rosas o avellanas, muchísimo más que dar leche como las vacas y las ovejas.

–Esperamos mucho de ti –dijo el rosal–. ¿Podría saberse cuándo me enseñarás lo que eres capaz de hacer?

–Necesito tiempo para pensar –dijo el caracol–; ustedes siempre están de prisa. No, así no se preparan las sorpresas.

Un año más tarde el caracol se hallaba tomando el sol casi en el mismo sitio que antes, mientras el rosal se afanaba en echar capullos y mantener la lozanía de sus rosas, siempre frescas, siempre nuevas. El caracol sacó medio cuerpo afuera, estiró sus cuernecillos y los encogió de nuevo.

–Nada ha cambiado –dijo–. No se advierte el más insignificante progreso. El rosal sigue con sus rosas, y eso es todo lo que hace.

Pasó el verano y vino el otoño, y el rosal continuó dando capullos y rosas hasta que llegó la nieve. El tiempo se hizo húmedo y hosco. El rosal se inclinó hacia la tierra; el caracol se escondió bajo el suelo.

Luego comenzó una nueva estación, y las rosas salieron al aire y el caracol hizo lo mismo.

–Ahora ya eres un rosal viejo –dijo el caracol–. Pronto tendrás que ir pensando en morirte. Ya has dado al mundo cuanto tenías dentro de ti. Si era o no de mucho valor, es cosa que no he tenido tiempo de pensar con calma. Pero está claro que no has hecho nada por tu desarrollo interno, pues en ese caso tendrías frutos muy distintos que ofrecernos. ¿Qué dices a esto? Pronto no serás más que un palo seco... ¿Te das cuenta de lo que quiero decirte?

–Me asustas –dijo el rosal–. Nunca he pensado en ello.

–Claro, nunca te has molestado en pensar en nada. ¿Te preguntaste alguna vez por qué florecías y cómo florecías, por qué lo hacías de esa manera y de no de otra?

–No –contestó el caracol–. Florecía de puro contento, porque no podía evitarlo. ¡El sol era tan cálido, el aire tan refrescante!... Me bebía el límpido rocío y la lluvia generosa; respiraba, estaba vivo. De la tierra, allá abajo, me subía la fuerza, que descendía también sobre mí desde lo alto. Sentía una felicidad que era siempre nueva, profunda siempre, y así tenía que florecer sin remedio. Esa era mi vida; no podía hacer otra cosa.

–Tu vida fue demasiado fácil –dijo el caracol (Sin detenerse a observarse a sí mismo).

–Cierto –dijo el rosal–. Me lo daban todo. Pero tú tuviste más suerte aún. Tú eres una de esas criaturas que piensan mucho, uno de esos seres de gran inteligencia que se proponen asombrar al mundo algún día... algún día.... ¿Pero, ... de qué te sirve el pasar los años pensando sin hacer nada útil por el mundo?

–No, no, de ningún modo –dijo el caracol–. El mundo no existe para mí. ¿Qué tengo yo que ver con el mundo? Bastante es que me ocupe de mí mismo y en mí mismo.

–¿Pero no deberíamos todos dar a los demás lo mejor de nosotros, no deberíamos ofrecerles cuanto pudiéramos? Es cierto que no te he dado sino rosas; pero tú, en cambio, que posees tantos dones, ¿qué has dado tú al mundo? ¿Qué puedes darle?

–¿Darle? ¿Darle yo al mundo? Yo lo escupo. ¿Para qué sirve el mundo? No significa nada para mí. Anda, sigue cultivando tus rosas; es para lo único que sirves. Deja que los avellanos produzcan sus frutos, deja que las vacas y las ovejas den su leche; cada uno tiene su público, y yo también tengo el mío dentro de mí mismo. ¡Me recojo en mi interior, y en él voy a quedarme! El mundo no me interesa.

Y con estas palabras, el caracol se metió dentro de su casa y la selló.

–¡Qué pena! –dijo el rosal–. Yo no tengo modo de esconderme, por mucho que lo intente. Siempre he de volver otra vez, siempre he de mostrarme otra vez en mis rosas. Sus pétalos caen y los arrastra el viento, aunque cierta vez vi cómo una madre guardaba una de mis flores en su libro de oraciones, y cómo una bonita muchacha se prendía otra al pecho, y cómo un niño besaba otra en la primera alegría de su vida. Aquello me hizo bien, fue una verdadera bendición. Tales son mis recuerdos, mi vida.

Y el rosal continuó floreciendo en toda su inocencia, mientras el caracol dormía allá dentro de su casa. El mundo nada significaba para él.

Y pasaron los años.

El caracol se había vuelto tierra en la tierra, y el rosal tierra en la tierra, y la memorable rosa del libro de oraciones había desaparecido... Pero en el jardín brotaban los rosales nuevos, y los nuevos caracoles seguían con la misma filosofía que aquél, se arrastraban dentro de sus casas y escupían al mundo, que no significaba nada para ellos.

Y a través del tiempo, la misma historia se continuó repitiendo...

Simbad el marino


Hace muchos, muchísimos años, en la ciudad de Bagdad vivía un joven llamado Simbad. Era muy pobre y, para ganarse la vida, se veía obligado a transportar pesados fardos, por lo que se le conocía como Simbad el Cargador.
- ¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste suerte la mía!
Quiso el destino que sus quejas fueran oídas por el dueño de una hermosa casa, el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven.
A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador fue conducido hasta una sala de grandes dimensiones.
En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la siguiente manera:
-Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras...
" Aunque mi padre me dejó al morir una fortuna considerable; fue tanto lo que derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo poco que me quedaba y me embarqué con unos mercaderes. Navegamos durante semanas, hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el suelo tembló de repente y salimos todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme ballena. Como no pude subir hasta el barco, me dejé arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla hasta llegar a una playa plagada de palmeras. Una vez en tierra firme, tomé el primer barco que zarpó de vuelta a Bagdad..."
Llegado a este punto, Simbad el Marino interrumpió su relato. Le dio al muchacho 100 monedas de oro y le rogó que volviera al día siguiente.
Así lo hizo Simbad y el anciano prosiguió con sus andanzas...
" Volví a zarpar. Un día que habíamos desembarcado me quedé dormido y, cuando desperté, el barco se había marchado sin mí.
Llegué hasta un profundo valle sembrado de diamantes. Llené un saco con todos los que pude coger, me até un trozo de carne a la espalda y aguardé hasta que un águila me eligió como alimento para llevar a su nido, sacándome así de aquel lugar."
Terminado el relato, Simbad el Marino volvió a darle al joven 100 monedas de oro, con el ruego de que volviera al día siguiente...
"Hubiera podido quedarme en Bagdad disfrutando de la fortuna conseguida, pero me aburría y volví a embarcarme. Todo fue bien hasta que nos sorprendió una gran tormenta y el barco naufragó.
Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles, que nos cogieron prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un gigante que tenía un solo ojo y que comía carne humana. Al llegar la noche, aprovechando la oscuridad, le clavamos una estaca ardiente en su único ojo y escapamos de aquel espantoso lugar.
De vuelta a Bagdad, el aburrimiento volvió a hacer presa en mí. Pero esto te lo contaré mañana..."
Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven 100 piezas de oro.
"Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco volvió a naufragar. Esta vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me ofrecieron a la hija del rey, con quien me casé, pero al poco tiempo ésta murió. Había una costumbre en el reino: que el marido debía ser enterrado con la esposa. Por suerte, en el último momento, logré escaparme y regresé a Bagdad cargado de joyas..."
Y así, día tras día, Simbad el Marino fue narrando las fantásticas aventuras de sus viajes, tras lo cual ofrecía siempre 100 monedas de oro a Simbad el Cargador. De este modo el muchacho supo de cómo el afán de aventuras de Simbad el Marino le había llevado muchas veces a enriquecerse, para luego perder de nuevo su fortuna.
El anciano Simbad le contó que, en el último de sus viajes, había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Su misión consistía en cazar elefantes. Un día, huyendo de un elefante furioso, Simbad se subió a un árbol. El elefante agarró el tronco con su poderosa trompa y sacudió el árbol de tal modo que Simbad fue a caer sobre el lomo del animal. Éste le condujo entonces hasta un cementerio de elefantes; allí había marfil suficiente como para no tener que matar más elefantes.
Simbad así lo comprendió y, presentándose ante su amo, le explicó dónde podría encontrar gran número de colmillos. En agradecimiento, el mercader le concedió la libertad y le hizo muchos y valiosos regalos.
"Regresé a Bagdad y ya no he vuelto a embarcarme -continuó hablando el anciano-. Como verás, han sido muchos los avatares de mi vida. Y si ahora gozo de todos los placeres, también antes he conocido todos los padecimientos."
Cuando terminó de hablar, el anciano le pidió a Simbad el Cargador que aceptara quedarse a vivir con él. El joven Simbad aceptó encantado, y ya nunca más, tuvo que soportar el peso de ningún fardo...

El castillo misterioso


Chanchete y Conejito, habían heredado un hermoso castillo; por este motivo, llegaron un buen día a las puertas del hermoso edificio.

Cada uno, llevaba el correspondiente equipaje, porque tenían decidido quedarse a vivir en su flamante castillo.

Chanchete, vio de pronto un letrero que le dejó atemorizado. Y se puso a temblar.
- Amigo Conejito: nunca me han gustado los fantasmas. ¿Y, a ti .... ?

- Caramba.... , no sé qué decirte. Yo he leído que eso de los fantasmas es mentira.

Seguramente que lo será, Chanchete.

¡Pues, esto es más grave, Conejito!
¿Será verdad lo que asegura ese letrero?

Porque en este caso, no seré yo ni tampoco mi maleta, quienes pasemos adelante....

Me están dando ganas de marcharme.

- ¿Qué estas diciendo?

Lo que te ocurre es que eres un pobre miedoso.


-¿Miedoso, yo? Verás, Conejito. No es miedo lo que tengo. Es que lo de los fantasmas me parece que es verdad, porque.... ¡AUXILIO!, que ya me están sujetando por detrás. ¡Oh!
Pero se reía el Conejito: Lo que te ocurre es, que al cerrar tú mismo la puerta, has dejado en ella aprisionada la bufanda.

Vamos, deja de temblar, porque ya es hora de que merendemos.

- Ea, a poner la mesa. Verás lo ricamente que vamos a vivir en nuestro castillo, tan contentos.

Ese, para ti, y este, para mi..
(¿Eeehh ............?)

- Conejito, amigo mío; no me digas que veo visiones. Pero estoy por apostar que en el plato has dejado mi merienda y ha desaparecido en un solo instante que he vuelto la cabeza.

-¡Zambomba! -exclamó Conejito. ¡Eso mismo acaba de ocurrir con la mía!

-¡Ay! -gimió Chanchete ¡Son los fantasmas!

¡Bah! Esas son tonterías ....
Cuentos de viejas. ¿Eh?

¿Pero qué es esto? ¡Ah! ¡Oh! ¡Uf!

¿Se puede saber de donde llueven bofetadas a diestro y siniestro? ¡Ay, ay!

¡Debe ser un gigante horroroso, amigo Conejito! Porque tiene los brazos como un kilómetro de largo y parecen las aspas de un molino.

¡El fantasma, Conejito, el fantasma!

¡Si, señores, sí!. Soy el fantasma de este castillo y vivo en él desde hace dos mil años.

¡Brrrr!

-¡Por favor, no me haga daño, señor fantasma! Yo soy Chanchete y le aseguro que no tengo ganas de meterme en sus asuntos, créame.
-¡Es lo mejor que puedes hacer! Ahora, si no queréis morir de miedo, vais a tener que abandonar el castillo antes de que me enfade. Porque después, ya será demasiado tarde. ¿Dónde está tu amigo?

El Conejito, muy astuto, se había colocado detrás del fantasma y con una cerilla le estaba prendiendo fuego a la sábana con que se cubría. Y la tela empezó a arder.

El fantasma, a todo esto, seguía hablando con Chanchete y de repente, le preguntó:
-Oye: ¿no te parece que huele a chamusquina?

¡Socorro .... !
Así gritó el fantasma misterioso, al observarse envuelto entre la sábana encendida.

¡¡Paso!! ¡Paso libre! ¡Que voy a arrojarme de cabeza al pozo para apagar las llamas! ¡VOY!

Chanchete y Conejito se reían, mientras el fantasma (que no era tal fantasma) se tiraba en el pozo por miedo al fuego.
Era un Lobo, que deseaba atemorizar a los legítimos dueños para que abandonaran éstos la propiedad; así, el Lobo se quedaría como amo absoluto.

Pero la astucia de Conejito lo descubrió todo. Y el malvado Lobo tuvo que salir del castillo y, en cambio, Chanchete y Conejito se quedaron a vivir muy tranquilos

Las habichuelas magicas


Periquin vivia con su madre, que era viuda, en
una cabaña de bosque. Con el tiempo
fue empeorando la situacion familiar, la
madre determino mandar a Periquin a la
ciudad, para que alli intentase vender la unica
vaca que poseian. El niño se puso en camino,
llevando atado con una cuerda al animal, y se
encontro con un hombre que llevaba un
saquito de habichuelas. -Son maravillosas
-explico aquel hombre-. Si te gustan, te las
dare a cambio de la vaca. Asi lo hizo Periquin,
y volvio muy contento a su casa. Pero la
viuda, disgustada al ver la necedad del
muchacho, cogio las habichuelas y las arrojo
a la calle. Despues se puso a llorar.
Cuando se levanto Periquin al dia siguiente,
fue grande su sorpresa al ver que las
habichuelas habian crecido tanto durante la
noche, que las ramas se perdian de vista. Se
puso Periquin a trepar por la planta, y sube
que sube, llego a un pais desconocido. Entro
en un castillo y vio a un malvado gigante que
tenia una gallina que ponia huevos de oro
cada vez que el se lo mandaba. Espero el niño
a que el gigante se durmiera, y tomando la
gallina, escapo con ella. Llego a las ramas de
las habichuelas, y descolgandose, toco el
suelo y entro en la cabaña.
La madre se puso muy contenta. Y asi fueron
vendiendo los huevos de oro, y con su
producto vivieron tranquilos mucho tiempo,
hasta que la gallina se murio y Periquin tuvo
que trepar por la planta otra vez,
dirigiendose al castillo del gigante. Se
escondio tras una cortina y pudo observar
como el dueño del castillo iba contando
monedas de oro que sacaba de un bolson de
cuero.
En cuanto se durmio el gigante, salio Periquin
y, recogiendo el talego de oro, echo a correr
hacia la planta gigantesca y bajo a su casa.
Asi la viuda y su hijo tuvieron dinero para ir
viviendo mucho tiempo. Sin embargo, llego
un dia en que el bolson de cuero del dinero
quedo completamente vacio.
Se cogio Periquin por tercera vez a las ramas
de la planta, y fue escalandolas hasta llegar a
la cima. Entonces vio al ogro guardar en un
cajon una cajita que, cada vez que se
levantaba la tapa, dejaba caer una moneda
de oro. Cuando el gigante salio de la estancia,
cogio el niño la cajita prodigiosa y se la
guardo. Desde su escondite vio Periquin que
el gigante se tumbaba en un sofa, y un arpa,
oh maravilla!, tocaba sola, sin que mano
alguna pulsara sus cuerdas, una delicada
musica. El gigante, mientras escuchaba
aquella melodia, fue cayendo en el sueño
poco a poco
Apenas le vio asi Periquin, cogio el arpa y
echo a correr. Pero el arpa estaba encantada
y, al ser tomada por Periquin, empezo a
gritar: -Eh, señor amo, despierte usted, que
me roban! Despertose sobresaltado el
gigante y empezaron a llegar de nuevo desde
la calle los gritos acusadores: -Señor amo,
que me roban! Viendo lo que ocurria, el
gigante salio en persecucion de Periquin.
Resonaban a espaldas del niño pasos del
gigante, cuando, ya cogido a las ramas
empezaba a bajar. Se daba mucha prisa,
pero, al mirar hacia la altura, vio que tambien
el gigante descendia hacia el.
No habia tiempo que perder, y asi que grito
Periquin a su madre, que estaba en casa
preparando la comida: -Madre, traigame el
hacha en seguida, que me persigue el
gigante! Acudio la madre con el hacha, y
Periquin, de un certero golpe, corto el tronco
de la tragica habichuela. Al caer, el gigante se
estrello, pagando asi sus fechorias, y Periquin
y su madre vivieron felices con el producto de
la cajita que, al abrirse, dejaba caer una
moneda de oro.

sábado, 9 de enero de 2010

El principe y el mendigo


Erase un principito curioso que quiso un día salir a pasear sin escolta. Caminando por un barrio miserable de su ciudad, descubrió a un muchacho de su estatura que era en todo exacto a él.
-¡Si que es casualidad! -dijo el príncipe-. Nos parecemos como dos gotas de agua.
-Es cierto -reconoció el mendigo-. Pero yo voy vestido de andrajos y tú te cubres de sedas y terciopelo. Sería feliz si pudiera vestir durante un instante la ropa que llevas tú.
Entonces el príncipe, avergonzado de su riqueza, se despojó de su traje, calzado y el collar de la Orden de la Serpiente, cuajado de piedras preciosas.
-Eres exacto a mi -repitió el príncipe, que se había vestido, en tanto, las ropas del mendigo.
Contó en la ciudad quién era y le tomaron por loco. Cansado de proclamar inútilmente su identidad, recorrió la ciudad en busca de trabajo. Realizó las faenas más duras, por un miserable jornal.
Era ya mayor, cuando estalló la guerra con el país vecino. El príncipe, llevado del amor a su patria, se alistó en el ejército, mientras el mendigo que ocupaba el trono continuaba entregado a los placeres.
Un día, en lo más arduo de la batalla, el soldadito fue en busca del general. Con increíble audacia le hizo saber que había dispuesto mal sus tropas y que el difunto rey, con su gran estrategia, hubiera planeado de otro modo la batalla.
-Cómo sabes tú que nuestro llorado monarca lo hubiera hecho así?
Pero en aquel momento llegó la guardia buscando al personaje y se llevaron al mendigo. El príncipe corría detrás queriendo convencerles de su error, pero fue inútil.
Aquella noche moría el anciano rey y el mendigo ocupó el trono. Lleno su corazón de rencor por la miseria en que su vida había transcurrido, empezó a oprimir al pueblo, ansioso de riquezas. Y mientras tanto, el verdadero príncipe, tras las verjas del palacio, esperaba que le arrojasen un pedazo de pan.
-Porque se ocupó de enseñarme cuanto sabía. Era mi padre.
El general, desorientado, siguió no obstante los consejos del soldadito y pudo poner en fuga al enemigo. Luego fue en busca del muchacho, que curaba junto al arroyo una herida que había recibido en el hombro. Junto al cuello se destacaban tres rayitas rojas.
-Es la señal que vi en el príncipe recién nacido! -exclamó el general.
Comprendió entonces que la persona que ocupaba el trono no era el verdadero rey y, con su autoridad, ciño la corona en las sienes de su autentico dueño.
El principe había sufrido demasiado y sabia perdonar. El usurpador no recibio mas castigo que el de trabajar a diario.
Cuando el pueblo alababa el arte de su rey para gobernar y su gran generosidad el respondia:
Es gracias a haber vivido y sufrido con el pueblo por lo que hoy puedo ser un buen rey.

El perro del hortelano





Un labriego tenía un enorme perro como guardián de sus extensos cultivos. El animal era tan bravo que jamás ladrón alguno se atrevió a escalar la cerca de los sembrados.
El amo, cuidadoso de su can, lo alimentaba lo mejor que podía, y el perro, para mostrar su agradecimiento, redoblaba el cuidado de los campos.
Cierto día, el buey del establo quiso probar un bocado de la alfalfa que su amo le guardaba, pero el perro, poniéndose furioso y enseñándole los dientes, trató de ahuyentarlo.
El buey, reprochando su equivocada conducta, le dijo:
- Eres un tonto, perro envidioso. Ni comes ni dejas comer.
Y añadió: - Si el amo destina a cada cual lo que le aprovecha y la alfalfa es mi alimento, no veo que tengas razón para inmiscuirte en negocio ajeno.

Agua que no has de beber,
amigo, déjala correr.

El soldadito de plomo


Erase una vez un niño que tenía muchísimos juguetes.
Los guardaba todos en su habitación y, durante el día,
pasaba horas y horas felices jugando con ellos.

Uno de sus juegos preferidos
era el de hacer la guerra con sus soldaditos de plomo.
Los ponía enfrente unos de otros,
y daba comienzo a la batalla.
Cuando se los regalaron,
se dio cuenta de que a uno de ellos le faltaba una pierna
a causa de un defecto de fundición.

No obstante, mientras jugaba,
colocaba siempre al soldado mutilado en primera línea,
delante de todos, incitándole a ser el más aguerrido.
Pero el niño no sabía que sus juguetes
durante la noche cobraban vida
y hablaban entre ellos, y a veces,
al colocar ordenadamente a los soldados,
metía por descuido el soldadito mutilado
entre los otros juguetes.

Y así fue como un día el soldadito
pudo conocer a una gentil bailarina,
también de plomo.
Entre los dos se estableció una corriente de simpatía
y, poco a poco, casi sin darse cuenta,
el soldadito se enamoró de ella.
Las noches se sucedían deprisa, una tras otra,
y el soldadito enamorado
no encontraba nunca el momento oportuno
para declararle su amor.
Cuando el niño lo dejaba en medio de los otros soldados
durante una batalla,
anhelaba que la bailarina
se diera cuenta de su valor por la noche ,
cuando ella le decía si había pasado miedo,
él le respondía con vehemencia que no.

Pero las miradas insistentes y los suspiros del soldadito
no pasaron inadvertidos por el diablejo
que estaba encerrado en una caja de sorpresas.
Cada vez que, por arte de magia, la caja se abría a medianoche,
un dedo amonestante señalaba al pobre soldadito.

Finalmente, una noche, el diablo estalló.
-¡Eh, tú!, ¡Deja de mirar a la bailarina!
El pobre soldadito se ruborizó, pero la bailarina, muy gentil, lo consoló:
-No le hagas caso, es un envidioso.
Yo estoy muy contenta de hablar contigo.
Y lo dijo ruborizándose.

¡Pobres estatuillas de plomo,
tan tímidas, que no se atrevían a confesarse su mutuo amor!

Pero un día fueron separados,
cuando el niño colocó al soldadito en el alféizar de una ventana.

-¡Quédate aquí y vigila que no entre ningún enemigo,
porque aunque seas cojo bien puedes hacer de centinela!-

El niño colocó luego a los demás soldaditos
encima de una mesa para jugar.

Pasaban los días y el soldadito de plomo
no era relevado de su puesto de guardia.
Una tarde estalló de improviso una tormenta,
y un fuerte viento sacudió la ventana,
golpeando la figurita de plomo que se precipitó en el vacío.
Al caer desde el alféizar con la cabeza hacia abajo,
la bayoneta del fusil se clavó en el suelo.
El viento y la lluvia persistían.
¡Una borrasca de verdad!
El agua, que caía a cántaros,
pronto formó amplios charcos y pequeños riachuelos
que se escapaban por las alcantarillas.
Una nube de muchachos aguardaba a que la lluvia amainara,
cobijados en la puerta de una escuela cercana.
Cuando la lluvia cesó, se lanzaron corriendo
en dirección a sus casas,
evitando meter los pies en los charcos más grandes.
Dos muchachos se refugiaron de las últimas gotas
que se escurrían de los tejados,
caminando muy pegados a las paredes de los edificios.

Fue así como vieron al soldadito de plomo
clavado en tierra, chorreando agua.

-¡Qué lástima que tenga una sola pierna!
Si no, me lo hubiera llevado a casa -dijo uno.

-Cojámoslo igualmente, para algo servirá -
dijo el otro, y se lo metió en un bolsillo.

Al otro lado de la calle descendía un riachuelo,
el cual transportaba una barquita de papel
que llegó hasta allí no se sabe cómo.

-¡Pongámoslo encima y parecerá marinero!-
dijo el pequeño que lo había recogido.

Así fue como el soldadito de plomo
se convirtió en un navegante.
El agua vertiginosa del riachuelo
era engullida por la alcantarilla
que se tragó también a la barquita.
En el canal subterráneo el nivel de las aguas turbias era alto.

Enormes ratas, cuyos dientes rechinaban,
vieron como pasaba por delante de ellas
el insólito marinero encima de la barquita zozobrante.
¡Pero hacía falta más que unas míseras ratas para asustarlo,
a él que había afrontado tantos y tantos peligros en sus batallas!

La alcantarilla desembocaba en el río,
y hasta él llegó la barquita que al final zozobró sin remedio
empujada por remolinos turbulentos.

Después del naufragio, el soldadito de plomo
creyó que su fin estaba próximo
al hundirse en las profundidades del agua.
Miles de pensamientos cruzaron entonces por su mente,
pero sobre todo, había uno que le angustiaba
más que ningún otro: era el de no volver a ver jamás a su bailarina...

De pronto, una boca inmensa se lo tragó para cambiar su destino.
El soldadito se encontró en el oscuro estómago de un enorme pez,
que se abalanzó vorazmente sobre él atraído
por los brillantes colores de su uniforme.

Sin embargo, el pez no tuvo tiempo de indigestarse
con tan pesada comida, ya que quedó prendido al poco rato en la red
que un pescador había tendido en el río.
Poco después acabó agonizando en una cesta
de la compra junto con otros peces tan desafortunados como él.
Resulta que la cocinera de la casa en la cual había estado el soldadito,
se acercó al mercado para comprar pescado.

-Este ejemplar parece apropiado
para los invitados de esta noche -
dijo la mujer contemplando el pescado
expuesto encima de un mostrador.

El pez acabó en la cocina
y, cuando la cocinera la abrió para limpiarlo,
se encontró sorprendida con el soldadito en sus manos.

-¡Pero si es uno de los soldaditos de...! -
gritó, y fue en busca del niño para contarle
dónde y cómo había encontrado a su soldadito de plomo
al que le faltaba una pierna.

-¡Sí, es el mío! -exclamó jubiloso el niño
al reconocer al soldadito mutilado que había perdido.

-¡Quién sabe cómo llegó hasta la barriga de este pez!
¡Pobrecito, cuantas aventuras habrá pasado
desde que cayó de la ventana!-
Y lo colocó en la repisa de la chimenea
donde su hermanita había colocado a la bailarina.

Un milagro había reunido de nuevo a los dos enamorados.
Felices de estar otra vez juntos,
durante la noche se contaban lo que había sucedido desde su separación.

Pero el destino les reservaba otra malévola sorpresa:
un vendaval levantó la cortina de la ventana y,
golpeando a la bailarina, la hizo caer en el hogar.

El soldadito de plomo, asustado,
vio como su compañera caía.
Sabía que el fuego estaba encendido porque notaba su calor.
Desesperado, se sentía impotente para salvarla.

¡Qué gran enemigo es el fuego
que puede fundir a unas estatuillas de plomo como nosotros!
Balanceándose con su única pierna,
trató de mover el pedestal que lo sostenía.
Tras ímprobos esfuerzos, por fin también cayó al fuego.
Unidos esta vez por la desgracia,
volvieron a estar cerca el uno del otro,
tan cerca que el plomo por las llamas, empezó a fundirse.

El plomo de la pierna de uno se mezcló con el del otro,
y el metal adquirió sorprendentemente la forma de corazón.

A punto estaban sus cuerpecitos de fundirse,
cuando acertó a pasar por allí el niño.
Al ver a las dos estatuillas entre las llamas,
las empujó con el pie lejos del fuego.
Desde entonces, el soldadito y la bailarina
estuvieron siempre juntos,
tal y como el destino los había unido:
En forma de corazón.